Las tres semillas: Cuento Zen


«Hubo una vez tres semillas amigas que llevadas por el viento fueron a parar a un pequeño claro de la selva…»


Allí quedaron ocultas en el suelo, esperando la mejor ocasión para desarrollarse y convertirse en un precioso árbol.

Sin embargo, cuando la primera de aquellas semillas comenzó a germinar, descubrieron que no sería tarea fácil, ya que en aquel pequeño claro vivía un grupo de monos, y los más pequeños se divertían arrojando plátanos a las plantas que veían crecer.

La primer semilla, que estaba germinando, recibió el golpe de un plátano arrojado por los monos, tan fuerte, que quedó casi partida por la mitad.

Cuando contó lo sucedido al resto de sus amigas todas estuvieron de acuerdo en que sería mejor esperar sin crecer, enterradas, a que aquel grupo de monos cambiara su residencia.

Todas, excepto una, la cual pensaba que al menos debía intentarlo. Y cuando lo intentó, recibió el impacto de un plátano que la dejó doblada por la mitad.

Las demás semillas, al ver esto, se unieron para pedirle que dejara de intentarlo, pero aquella semillita era persistente y estaba completamente decidida a convertirse en un árbol, y una y otra vez volvía a intentar crecer.

Con cada nuevo golpe, los pequeños monos pudieron ajustar un poco más su puntería, gracias a que la pequeña plantita volvía a quedar doblada.

A pesar de todo, la semilla no se rindió. Con cada nuevo golpe lo intentaba con más fuerza, a pesar de que sus compañeras le suplicaban que dejara de hacerlo y esperara a que no hubiera peligro.

Y así, durante días, semanas y meses, la plantita sufrió el ataque de los monos que trataban de parar su crecimiento, doblándola siempre por la mitad. Sólo algunos días conseguía evitar todos los plátanos, pero al día siguiente, algún otro mono acertaba, y todo volvía a empezar.

Hasta que un buen día no se dobló. Recibió el golpe de un plátano, y luego otro y otro más, pero con ninguno de ellos se dobló. Y es que había recibido tantos golpes, y se había doblado tantas veces, que estaba llena de duros nudos y cicatrices que la hacían crecer y desarrollarse más fuertemente que el resto de las semillas.

Así, su fino tronco se fue haciendo más grueso y resistente, hasta superar el impacto de los plátanos. Y para entonces, era ya tan fuerte, que los pequeños monos ya no pudieron arrancar la plantita con las manos. Y allí continuó, creciendo, creciendo y creciendo.

Y, gracias a la extraordinaria fuerza de su tronco, pudo seguir superando todas las dificultades, hasta convertirse en el más majestuoso árbol de la selva.

Mientras tanto, sus compañeras seguían ocultas en en el suelo, esperando que aquellos terroríficos monos abandonaran el lugar, sin saber que precisamente esos monos eran los únicos capaces de fortalecer sus troncos a base de platanazos, preparándolas así, para todos los problemas que encontrarían a lo largo de su crecimiento.

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