El árbol de las preocupaciones: Cuento Zen


“El carpintero se detuvo junto a un árbol y estuvo acariciando sus ramas por un momento”.


Había una vez un rico comerciante que compró una antigua casa colonial. Era una construcción preciosa pero tan vieja, que necesitaba un montón de reparaciones antes de ser habitada. De modo que el acaudalado hombre se puso a buscar un carpintero que pudiera cumplir con el trabajo.

—Si quiere que esa casa recupere su esplendor de antes, vaya y consiga al mejor carpintero de la ciudad, que vive cerca del centro —le aconsejaron algunos de sus clientes—, de ese sujeto no tendrá ninguna queja. Y además siempre le cobra lo justo.

Muy apurado, el comerciante fue a buscar a dicho carpintero y cuando vio las objetos de madera con los que trabajaba, los encontró tan bonitos y bien hechos, que de inmediato se convenció de que era el hombre ideal para el trabajo. Acordaron que al día siguiente se presentaría en la casa para comenzar con las reparaciones y los dos se quedaron contentos.

Por la mañana, el carpintero se levantó muy temprano y se dispuso a empezar con su trabajo. Sin embargo, aquel no era su día pues sufrió varios contratiempos.

Mientras trabajaba se lastimó la mano con su martillo, luego al serruchar se le metió una astilla en la otra. Al avanzar la tarde se dio cuenta de que se le había olvidado llevar su almuerzo, por lo que se pasó el resto de la jornada con hambre. Y para terminar de empeorar las cosas, justo cuando se disponía a regresar a su hogar el coche se le descompuso.

El comerciante, que había pasado para ver como iba el trabajo, se ofreció para llevarlo él mismo. Pero antes lo invitó a cenar a su casa.

Durante todo el camino se dio cuenta de que el carpintero seguía malhumorado, ya que no pronunciaba ni una sola palabra. Bajaron del auto y lo invitó a entrar en su vivienda. No obstante, antes de ingresar, el carpintero se detuvo junto a un árbol y estuvo acariciando sus ramas por un momento.

Cuando los dos se sentaron a la mesa para cenar junto con el resto de la familia, un cambio inesperado parecía haber surtido efecto en el carpintero.

Ahora, él se veía muy feliz y de buen humor. Bromeó con todo el mundo en la mesa y alabó la comida.

Al terminar la cena, el comerciante le preguntó que le había ocurrido y porque había acariciado aquel árbol antes de entrar en la casa.

—Es que ese —dijo el carpintero—, es el árbol de las preocupaciones. Yo sé muy bien que no puedo evitar tener problemas de vez en cuando. Por eso, siempre procuro no llevarlos conmigo a casa. Cada vez que toco las ramas del árbol, lo malo se queda con él y yo me voy ligero a mi hogar.

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